Esta serie de autorretratos ejecuta una auditoría implacable del yo. No busca interpretar: expone. Cada imagen evidencia deterioros, fricciones internas y ciclos de ajuste que normalmente se enmascaran para sostener la operación cotidiana. El rostro queda reducido a un panel de métricas donde se visualizan desalineamientos, sobrecargas y puntos críticos de ruptura. La vulnerabilidad no se registra como dato crudo. El conjunto instala una lectura fría de la identidad, tratándola como un sistema que debe desnudarse, evaluarse y, si es necesario, desmantelarse para asegurar continuidad operativa.