Esta serie observa a la ciudad como un campo saturado: capas de cables, anuncios y estructuras compiten por un territorio visual que ya no respira. Las obras capturan el desborde sensorial de la vida urbana, donde cada trazo es una interferencia y cada color, una señal que pugna por imponerse. La mirada del observador es forzada a navegar entre tensiones, ruido y fragmentos que nunca terminan de ordenar el paisaje. Aquí, la saturación deja de ser accidente: se transforma en lenguaje, síntoma y advertencia. La belleza emerge precisamente de la fricción, del exceso que erosiona la claridad y reconfigura el horizonte. En este marco, la contaminación visual no es solo un fenómeno estético, sino un espejo de la complejidad contemporánea: un ecosistema donde incluso la distorsión tiene voz.