En esta serie, la figura del Guasón emerge como un arquetipo fracturado, suspendido entre la vulnerabilidad humana y la sombra que lo desborda. Cada trazo captura la tensión espiritual de un sujeto que busca sentido en un mundo que lo niega. Su rostro, a veces sereno y otras convulsionado, es un espejo roto donde conviven dolor, lucidez y desvarío. La máscara no oculta: revela un alma desgarrada en permanente tránsito entre la caída y la iluminación. Aquí, la locura se insinúa como una grieta que permite ver lo esencial, un espacio donde lo sagrado y lo profano se tocan. La serie invita a observar ese borde incierto donde el individuo se rehace desde sus ruinas, reclamando un lugar en la existencia. Es la danza espiritual de un espíritu herido que, aun en el colapso, intenta pronunciar su verdad.